España ya está en dieciseisavos de final. Objetivo cumplido. Pero sería un error enorme quedarse únicamente con el resultado.
Porque la fase de grupos deja una conclusión muy clara: esta selección llega a las eliminatorias generando muchas más dudas que certezas.
En ninguno de los tres partidos España ha conseguido sentirse claramente superior a su rival. Ni por juego, ni por intensidad, ni por oportunidades de gol. Ha sobrevivido, ha sacado adelante los encuentros, pero lejos de transmitir la sensación de ser una selección preparada para competir por el título.
Además, empiezan a acumularse los problemas. Hay futbolistas que llegaron tocados y aun no se han recuperado, otros lesionados durante el torneo, y algunos nombres importantes que atraviesan un momento preocupante de forma. Y cuando llegan las eliminatorias, esos detalles marcan la diferencia.
Porque ahora sí. Ahora empieza el Mundial de verdad. Se acabó el margen de error. Ya no existe la posibilidad de corregir en el siguiente partido. Un mal día significa hacer las maletas.
Y el encuentro ante Uruguay, lejos de despejar incógnitas, las ha multiplicado.
Lo primero, el arbitraje. Uruguay es una selección que vive permanentemente al límite del reglamento. Lo sabíamos antes del partido y volvió a demostrarlo. El colegiado realizó una primera mitad aceptable, permitiendo cierto contacto y dejando jugar. Pero tras el descanso perdió completamente el control del encuentro.
Resulta incomprensible que Canobbio terminase el partido sobre el césped hasta el minuto 93. Debía haber sido expulsado mucho antes. Las entradas, las protestas y la reiteración de faltas merecían una segunda amarilla mucho antes del descuento. Pero no fue solo él. El árbitro renunció a imponer autoridad y el partido acabó convirtiéndose en un festival de interrupciones, provocaciones y acciones al límite. Un arbitraje muy decepcionante para un encuentro de esta importancia.
Hay otra consecuencia del partido que merece una reflexión. Con esta derrota, una selección histórica como Uruguay dice adiós al Mundial mucho antes de lo esperado. Y, sinceramente, tengo sentimientos encontrados. Por un lado, no voy a esconder que me alegra ver fuera a un equipo que ha basado buena parte de su competición en un fútbol excesivamente duro, lleno de interrupciones, provocaciones y entradas al límite. El fútbol también debe premiar a quienes intentan jugar. Pero, por otro lado, no puedo evitar sentir cierta decepción. Si Uruguay hubiera conseguido el empate, el cuadro nos habría regalado un auténtico clásico del fútbol mundial: un Uruguay-Argentina en la siguiente ronda. Un duelo cargado de historia, rivalidad y tensión, de esos en los que sabes que van a saltar chispas desde el primer minuto. Como aficionado al fútbol, era un partido que habría sido un auténtico espectáculo.
Sin embargo, sería demasiado fácil esconderse detrás del arbitraje.
Lo verdaderamente preocupante fue España.
Volvimos a ver demasiados errores en la salida del balón, pérdidas evitables y un abuso desesperante del pase horizontal. Ese fútbol lento, previsible y sin profundidad que no rompe líneas, que no genera ventajas y que termina facilitando el trabajo del rival. Fue, por momentos, una preocupante vuelta a la imagen ofrecida frente a Cabo Verde.
Y hay nombres propios que invitan a la reflexión.
El partido de Rodri estuvo muy lejos de lo que se espera del líder del centro del campo. Encadenó varios errores impropios de un jugador de su nivel, pérdidas que acabaron convirtiéndose en peligrosísimos contragolpes y que pudieron costar muy caras. Lo más sorprendente fue que permaneciera tantos minutos sobre el terreno de juego sin que el seleccionador buscara alternativas.
Pedri, mientras tanto, volvió a pasar prácticamente desapercibido. Sin influencia, sin ritmo y sin aparecer entre líneas para dar soluciones cuando el equipo más lo necesitaba.
Y, en medio de tantas dudas, hay una certeza. Hoy por hoy, Dani Olmo es absolutamente indispensable para esta selección. Cada vez que aparece, el equipo gana velocidad, verticalidad y capacidad para romper líneas. Es el futbolista que más se atreve a recibir entre líneas, el que acelera el juego cuando España se duerme en los pases horizontales y el que siempre parece tener una solución diferente. Su influencia va mucho más allá de los goles o las asistencias: cambia el ritmo del partido. Si España quiere aspirar a llegar lejos en este Mundial, Dani Olmo tiene que ser el eje ofensivo del equipo. Ahora mismo, es el jugador más determinante de la selección.
Pero el problema no es únicamente el rendimiento individual. Es la sensación colectiva. España transmite dudas atrás, no encuentra continuidad en el centro del campo y arriba tampoco genera el volumen de ocasiones que debería por la calidad de sus jugadores.
Y aquí entra en escena Luis de la Fuente. Su confianza casi inquebrantable en determinados futbolistas empieza a parecer más cabezonería que convicción. Los grandes torneos no entienden de jerarquías ni de nombres. Aquí tienen que jugar los que mejor están, no los que mejor estuvieron hace unos meses. Si Rodri no está bien, debe sentarse. Si Pedri no está aportando, habrá que buscar otras soluciones. No se puede esperar eternamente a que aparezcan porque, en una eliminatoria, cuando quieras reaccionar, ya estarás de camino al aeropuerto.
Porque las eliminatorias no perdonan.
Si España mantiene la imagen ofrecida durante la fase de grupos, cualquier rival puede eliminarla. Y el primero ya tiene nombre: Austria.

El cuadro ya está definido y España conoce el camino que le espera. El primer obstáculo será una selección austríaca que ya demostró ante Argentina que no está en este Mundial por casualidad. Es un equipo que corre muchísimo, presiona la salida de balón desde el primer minuto, aprieta en todas las zonas del campo y obliga constantemente al rival a jugar incómodo. Precisamente donde más está sufriendo España en este torneo: la circulación lenta, las pérdidas en campo propio y la falta de profundidad. Será una eliminatoria mucho más complicada de lo que muchos pueden pensar.
Si España consigue superar ese primer examen, el siguiente rival saldrá del apasionante Croacia-Portugal. Sobre el papel, Portugal parte como favorita y sería, probablemente, el rival en octavos de final. Un equipo con talento, experiencia y considerado por muchos como uno de los grandes candidatos a conquistar este Mundial. Si España quiere seguir avanzando, tendrá que ofrecer una versión muy superior a la mostrada hasta ahora.
Curiosamente, el camino podría suavizarse ligeramente en unos hipotéticos cuartos de final. La lógica apunta a que el rival saldría del duelo entre Bélgica y la anfitriona, Estados Unidos. Dos selecciones muy competitivas, pero quizás un escalón por debajo de las grandes favoritas al título.
Ya en semifinales sí aparecería uno de los auténticos gigantes del campeonato. Todo apunta a que Francia o Alemania esperarían al otro lado del cuadro, dos selecciones construidas para pelear por levantar la Copa.
No será un camino sencillo. Ninguna eliminatoria de un Mundial lo es. Pero tampoco es un recorrido imposible. Si España recupera la personalidad, la intensidad y el fútbol que la llevaron a conquistar la pasada Eurocopa, tiene argumentos para competir contra cualquiera. El problema es que esa versión todavía no ha aparecido en este Mundial. Y el tiempo para encontrarla se ha terminado.
Porque el crédito ya se ha acabado.
Ahora ya no valen las excusas, ni las pruebas, ni esperar que alguien recupere su mejor versión por inercia. Cada partido será una final y cada error puede significar el billete de vuelta a casa.
España sigue viva. Sigue teniendo una generación extraordinaria de futbolistas y el talento suficiente para soñar. Pero el fútbol no entiende de nombres ni de favoritismos; entiende de rendimiento. Y, de momento, el rendimiento de España está muy lejos del que exige un Mundial.
Ahora sí. Ahora empieza el Mundial de verdad.
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