España se proclama campeona del mundo por segunda vez en su historia. Ganó el fútbol.
Por primera vez en la historia, una misma selección nacional puede presumir de ser campeona del mundo absoluta masculina, campeona del mundo femenina y campeona olímpica masculina. Ningún otro país había conseguido reunir al mismo tiempo los tres títulos más importantes del fútbol. Esa selección es España.
No es fruto de la casualidad. Es el resultado de una manera de entender este deporte basada en el talento, la formación, el juego colectivo y la apuesta por el balón. Una filosofía que volvió a imponerse en la gran final del Mundial ante Argentina y que confirmó que, cuando el fútbol se enfrenta al antifútbol, muchas veces termina ganando el primero.
Ganó el fútbol
La final comenzó con un enorme respeto entre ambas selecciones. Durante los primeros minutos, España y Argentina buscaron hacerse con el control del centro del campo, intentando imponer la posesión y minimizar errores. Fue un inicio táctico, de mucho estudio, donde ninguno quería conceder espacios.
Sin embargo, poco a poco el partido empezó a teñirse de rojo. España fue encontrando cada vez más fluidez en la circulación, comenzó a mover el balón con mayor velocidad y a llegar con claridad al área argentina. Solo faltó el remate final. Las ocasiones más claras de toda la primera mitad fueron españolas, mientras Argentina no inquietó a Unai Simón.
Hay que reconocer que durante esos primeros 45 minutos Argentina mostró una versión mucho menos agresiva de la que muchos esperaban. El partido transcurría dentro de la normalidad y permitía disfrutar de una final de enorme nivel técnico.
Volvió la Argentina de siempre
Todo cambió tras el descanso.
La segunda parte devolvió la versión más conocida de la selección argentina. El juego dejó paso a las interrupciones constantes, a las faltas tácticas, a los golpes con y sin balón y a un intento permanente de sacar del partido a los futbolistas españoles. Más que competir desde el fútbol, Argentina buscó destruir el ritmo del encuentro y el juego de España.
El arbitraje tampoco estuvo a la altura de una final mundialista. La expulsión que mostró llegando a los minutos finales resultó insuficiente, ya que hubo varias acciones que perfectamente pudieron acabar con algún jugador argentino más camino de los vestuarios. A ello se unió la polémica anulación de un gol español que, horas después, sigue sin encontrar una explicación convincente para la inmensa mayoría de aficionados.
Y aun así, España nunca perdió la calma.
Luis de la Fuente volvió a ganar el partido
Luis de la Fuente volvió a demostrar que es uno de los grandes arquitectos de esta generación. Su lectura del encuentro fue sobresaliente y la gestión de los cambios permitió mantener siempre la superioridad española.
Especialmente decisiva fue la entrada de Nico Williams. El extremo volvió a convertirse en ese futbolista desequilibrante que enamoró a toda Europa durante la pasada Eurocopa. Cada vez que recibía el balón encaraba, rompía líneas, aceleraba el juego y obligaba a Argentina a retroceder. Su velocidad y descaro cambiaron definitivamente el partido y devolvieron a España la profundidad que necesitaba.
También volvió a sobresalir Dani Olmo, posiblemente uno de los mejores futbolistas de todo el Mundial. Su capacidad para moverse entre líneas resulta extraordinaria. Siempre aparece donde el rival deja un espacio libre, ofrece una línea de pase constante y convierte cada posesión en una situación de peligro. Cada balón que tocaba hacía levantarse al estadio porque transmitía la sensación de que podía generar una ocasión de gol. Su inteligencia táctica y su calidad técnica han sido una de las grandes noticias del campeonato.
Una prórroga injusta… pero inevitable
Resultó injusto que el encuentro tuviera que decidirse en la prórroga.
España había hecho méritos más que suficientes durante los noventa minutos para proclamarse campeona del mundo. Había sido superior en el juego, en las ocasiones y en la personalidad con balón.
Pero el fútbol, a veces, exige un esfuerzo más. Y España lo asumió.
Durante la prórroga el dominio español fue todavía más evidente. El equipo siguió monopolizando la posesión, moviendo al rival de un lado a otro hasta encontrar el espacio definitivo.
Ese premio llegó con Ferran Torres.
El delantero culminó una magnífica jugada colectiva que resumía perfectamente la identidad de esta selección: paciencia, circulación rápida, movilidad y calidad técnica. Un gol construido desde el fútbol y no desde la improvisación.
Argentina apretó en los últimos minutos con más corazón que fútbol, pero España supo sufrir, defender y conservar una ventaja absolutamente merecida.
Los números explican la final
Hay partidos en los que las estadísticas engañan. Esta no fue una de ellas.
Los números reflejan exactamente lo que sucedió sobre el terreno de juego.
Argentina fue incapaz de realizar un solo disparo entre los tres palos durante los 120 minutos de partido. Su balance ofensivo quedó reducido a únicamente dos remates desviados.
España, en cambio, firmó un auténtico ejercicio de dominio.
La selección española terminó la final con 20 disparos, 12 de ellos entre los tres palos, y generó 11 ocasiones claras de gol.
El 1-0 terminó siendo incluso corto para la superioridad mostrada por el conjunto de Luis de la Fuente.
Hay que saber ganar… y también perder
Ser campeón no consiste únicamente en levantar un trofeo.
También implica saber comportarse cuando el partido termina.
Y ahí Argentina volvió a dejar una imagen muy pobre.
La tangana provocada tras el pitido final, con agresiones a futbolistas españoles como Rodri y Gavi, empañó el desenlace de una final que había tenido un claro vencedor sobre el césped. La frustración nunca puede justificar la violencia ni el mal perder.
España, por el contrario, celebró el título como hacen los grandes campeones: disfrutando del éxito conseguido sobre el terreno de juego y dejando que fuera el fútbol quien hablara.
Un futuro que ilusiona
Esta selección transmite sensaciones muy parecidas a las de aquella generación irrepetible que conquistó la Eurocopa de 2008, el Mundial de 2010 y la Eurocopa de 2012.
Tiene juventud, talento, personalidad, hambre competitiva y una identidad perfectamente reconocible.
Además, el presente ya es extraordinario.
- Unai Simón fue elegido mejor portero del Mundial.
- Pau Cubarsí recibió el premio al mejor jugador joven del torneo.
- Y Rodri volvió a demostrar que hoy es el mejor centrocampista del planeta al ser elegido mejor jugador del Mundial.
Los reconocimientos individuales son simplemente el reflejo de un trabajo colectivo sobresaliente.
Porque esta España juega como un equipo.
Compite como un equipo.
Y gana como un equipo.
Reyes del Mundo
Por primera vez en la historia, un mismo país reina simultáneamente en el fútbol masculino absoluto, el fútbol femenino absoluto y el fútbol olímpico masculino.
España no solo ha conquistado un Mundial.
Ha conquistado un lugar privilegiado en la historia del fútbol.
Ganó el equipo que quiso jugarm, ganó el talento sobre la destrucción, ganó la personalidad sobre las provocaciones. Ganó el fútbol. Y, desde hoy, nadie puede discutir quiénes son los auténticos Reyes del Mundo.
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