España ya está en la final del Mundial. Y lo ha hecho de la mejor manera posible: convenciendo.
Sobre el papel se esperaba una semifinal tremendamente igualada. Francia llegaba como una de las grandes favoritas, con una plantilla repleta de talento y futbolistas capaces de decidir un partido en cualquier momento. Sin embargo, la realidad fue muy distinta. España dominó el encuentro de principio a fin, impuso su personalidad y derrotó a los franceses con una autoridad que muy pocos esperaban.
No fue únicamente una victoria de calidad técnica. Fue el triunfo de una idea de juego, de un plan perfectamente ejecutado y de un grupo que supo interpretar cada momento del partido. Cuando una selección consigue que una semifinal mundialista frente a Francia parezca más cómoda de lo previsto, es porque está haciendo muchas cosas muy bien.
Desde el pitido inicial quedó claro que el cuerpo técnico había preparado el encuentro al detalle. España supo cuándo presionar arriba para ahogar la salida de balón francesa y cuándo bajar el ritmo para controlar el partido mediante la posesión. Francia nunca pudo jugar a lo que le gusta. No encontró espacios para correr, apenas enlazó acciones de peligro y sus futbolistas más determinantes estuvieron siempre bien vigilados.
Gran parte del mérito estuvo en una defensa que sigue firmando un campeonato extraordinario. Muchas veces los focos se los llevan los goleadores, pero los títulos se construyen desde atrás. España solo ha encajado un gol en todo el Mundial, una estadística que habla de la solidez del equipo.
Pero ese dato va mucho más allá de la línea defensiva. Es el reflejo de un bloque comprometido. Los delanteros son los primeros en presionar, los centrocampistas ayudan constantemente y los defensas mantienen el orden durante los noventa minutos. Esa solidaridad convierte a España en un equipo tremendamente difícil de superar.
Y quizá ahí reside la mayor virtud de esta selección. A diferencia de otras favoritas, España no depende de una colección de estrellas ni espera que una individualidad resuelva los partidos. Su mayor fortaleza es el colectivo. Todos conocen su función, todos trabajan para el compañero y todos entienden que el éxito del equipo está por encima del brillo personal. A falta de grandes individualidades, España sabe funcionar como un auténtico equipo. Y eso, muchas veces, es mucho más importante que tener grandes estrellas. El fútbol sigue demostrando que un bloque unido puede ser más fuerte que una suma de nombres.
Dentro de ese funcionamiento colectivo hay futbolistas que sobresalen por su inteligencia. Uno de ellos es, sin ninguna duda, Dani Olmo. Cada partido confirma que es uno de esos jugadores que hacen mejores a quienes juegan a su alrededor. Siempre recibe orientado hacia la portería rival, busca avanzar, aparece constantemente entre líneas y rara vez toma una decisión equivocada.
Su movilidad genera problemas constantes a cualquier defensa. Encuentra espacios que otros no ven, ofrece siempre una línea de pase y combina una enorme capacidad de asociación con un magnífico último pase. Sus asistencias no son casualidad; son consecuencia de una lectura privilegiada del juego. Además, cuando tiene ocasión, tampoco duda en finalizar las jugadas. Es un futbolista total, comprometido con el equipo y decisivo en los momentos importantes.
España también volvió a demostrar una enorme inteligencia para interpretar los diferentes momentos del encuentro. Hubo fases de presión muy alta, otras de posesión larga para desesperar a Francia y momentos en los que el equipo decidió administrar la ventaja con calma. Nunca perdió el control emocional del partido ni cayó en el intercambio de golpes que seguramente habría favorecido a su rival.
En todo ello resulta imposible no destacar el trabajo del seleccionador. El plan fue prácticamente perfecto. Supo detectar las fortalezas de Francia, neutralizarlas y potenciar las virtudes de España. La sensación de control que ofreció la selección durante todo el partido no fue fruto de la casualidad, sino del excelente trabajo realizado desde el banquillo.
Dentro de un rendimiento colectivo tan brillante, quizá la única reflexión tenga como protagonista a Lamine Yamal. Su talento es inmenso y está llamado a marcar una época. Cada vez que recibe el balón parece capaz de inventar una jugada imposible. Sin embargo, en algunos momentos transmite la sensación de querer hacer la jugada del Mundial en cada acción. Ese descaro forma parte de su esencia y no debe perderlo, pero cuando combina ese talento con el juego colectivo que caracteriza a esta selección, España se convierte en un equipo todavía más peligroso. El mejor regate, en ocasiones, también puede ser un pase sencillo.
Ahora espera la gran final. El rival será Argentina, en un enfrentamiento de enorme simbolismo entre la campeona de Europa y la campeona de América. Probablemente no exista un cartel mejor para decidir el título mundial.
España tendrá delante a una selección con una personalidad competitiva enorme. Argentina puede jugar muy bien al fútbol, pero también sabe endurecer los partidos, llevarlos al límite y convertirlos en encuentros muy físicos e incómodos. Es un equipo intenso, competitivo y, por momentos, capaz de practicar un fútbol muy áspero que desespera a cualquier rival.
Pero también hay una virtud que hay que reconocerle. Argentina nunca deja de creer. Da igual que vaya ganando o perdiendo. Siempre busca la portería rival, siempre intenta atacar y nunca renuncia a ganar el partido hasta el último minuto. Esa mentalidad explica buena parte de sus éxitos en los últimos años.
Precisamente por eso, España deberá mantenerse fiel a su identidad: no entrar en provocaciones, mover el balón con paciencia, defender como un bloque y aprovechar los espacios cuando aparezcan. Si consigue imponer el fútbol que ha mostrado durante todo el campeonato, tendrá muchas opciones de conquistar el título.
Solo queda un último paso. El más difícil. El que separa a los grandes equipos de los campeones. Pero si esta España mantiene la solidez defensiva, la inteligencia táctica, el compromiso colectivo y la personalidad que ha demostrado hasta ahora, llegará a la final con argumentos más que suficientes para soñar.
Porque después de ver cómo ha superado con tanta autoridad a una selección del nivel de Francia, solo queda mirar hacia Nueva York y pensar una cosa:
¿Y si….si?
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