Un empate que puede ser más útil de lo que parece. El estreno de España en este Mundial dejó una sensación extraña.
El empate sin goles ante Cabo Verde ha supuesto una inesperada bajada a la realidad para una selección que llegaba a la competición rodeada de elogios, favoritismo y expectativas muy elevadas.
Sobre el papel, España dominó el partido de principio a fin. La posesión fue abrumadora y el número de pases superó ampliamente los 800. Sin embargo, los datos esconden una realidad evidente: el dominio fue estéril. Mucho balón, mucho control, pero poca profundidad. Una circulación excesivamente horizontal, previsible y carente de la verticalidad necesaria para desmontar un bloque defensivo tan compacto como el que planteó Cabo Verde.
No fue una sorpresa. De hecho, es un problema que históricamente se le ha atragantado a España. Los equipos que defienden muy cerca de su área, con líneas juntas y pocos espacios entre ellas, suelen neutralizar las principales virtudes del juego posicional español. Y para superar ese escenario hacen falta desborde individual, cambios de ritmo, rupturas constantes y variantes tácticas que permitan generar superioridades. Nada de eso apareció con la frecuencia necesaria.
La selección movió el balón, pero rara vez logró mover al rival.
También hubo decisiones que invitan al debate. Luis de la Fuente ha apostado por varios jugadores que llegaban tras lesiones importantes o con una falta evidente de ritmo competitivo. La presencia de Gavi en el once inicial fue una de las más llamativas, especialmente porque además ocupó una posición en la que no se le vio cómodo. El resultado fue un centro del campo desajustado, donde varios futbolistas parecían interpretar funciones alejadas de sus mejores características.
Pedri, uno de los jugadores llamados a marcar diferencias, transmitió una sensación de frustración creciente durante gran parte del encuentro. Recibía, intentaba asociarse y buscar espacios, pero la falta de movimientos alrededor terminaba convirtiendo muchas acciones en posesiones inofensivas. Cuando el principal generador de talento parece desesperado, algo no está funcionando.
La delantera tampoco ofreció soluciones. Oyarzabal y Ferran Torres vivieron prácticamente desconectados del partido. Apenas generaron ocasiones claras, apenas inquietaron al portero rival y, durante muchos minutos, parecieron espectadores de una circulación de balón que nunca encontró el último pase.
A medida que avanzaban los minutos, el partido pedía cambios. Pedía una sacudida táctica, un plan alternativo, una modificación que rompiera la dinámica. Sin embargo, las sustituciones llegaron tarde y tampoco dieron la sensación de atacar el problema principal. España siguió jugando prácticamente de la misma manera, aunque con intérpretes distintos.
Y aquí aparece una de las principales preocupaciones que deja el encuentro: la sensación de que, cuando el plan inicial se atasca, no existe un verdadero plan B.
Los grandes torneos se ganan sabiendo sufrir, adaptándose a distintos contextos y encontrando soluciones cuando las ideas principales dejan de funcionar. Ningún equipo puede aspirar a conquistar un Mundial confiando únicamente en una forma de jugar. Los rivales estudian, se adaptan y plantean escenarios incómodos. Por eso la flexibilidad táctica suele marcar la diferencia entre los aspirantes y los campeones.
Además, el aspecto físico tampoco dejó buenas noticias. Varios futbolistas terminaron visiblemente agotados, con menos intensidad de la esperada para un debut mundialista. Es un aspecto que deberá mejorar rápidamente porque el torneo apenas acaba de comenzar.
Sin embargo, no todo tiene por qué interpretarse en clave negativa.
La historia ofrece un precedente que invita al optimismo. En el Mundial de 2010, España comenzó perdiendo por 1-0 ante Suiza. Aquella derrota provocó una enorme oleada de críticas y dudas sobre el equipo de Vicente del Bosque. Sin embargo, la selección supo aprender de sus errores, corregir aspectos clave y terminó levantando la Copa del Mundo semanas después.
Curiosamente, existen algunas similitudes llamativas entre ambos campeonatos. En 2010 España también formaba parte del Grupo H. El partido inaugural de aquel Mundial fue un Sudáfrica-México. Y, sobre todo, la selección sufrió un inesperado tropiezo en su debut que obligó a reaccionar desde el primer momento.
La diferencia es que esta vez no se ha perdido. Se ha empatado. Y eso mantiene intactas las opciones de clasificación y el margen para corregir errores.
Ahora llega Arabia Saudí, un rival que probablemente planteará un encuentro con muchas similitudes al de Cabo Verde. La diferencia es que los saudíes suelen ser más peligrosos cuando recuperan el balón y encuentran espacios para correr al contragolpe. España necesitará mejorar tanto en la creación ofensiva como en las vigilancias defensivas si quiere evitar nuevas sorpresas.
Quizá este empate haya llegado en el momento adecuado. Quizá esta bajada a la realidad sirva para eliminar el exceso de confianza que inevitablemente se había generado alrededor de la selección. Los Mundiales no se ganan en las quinielas ni en los debates televisivos. Se ganan corrigiendo errores, creciendo partido a partido y llegando en el mejor momento posible a las eliminatorias.
España sigue teniendo talento, calidad y recursos para aspirar a todo. Pero el encuentro ante Cabo Verde ha dejado una enseñanza muy clara: el favoritismo no marca goles.
Ojalá el equipo extraiga las conclusiones correctas, los jugadores más importantes alcancen su mejor versión física y futbolística y esta primera decepción termine siendo recordada como el punto de partida de algo mucho más grande.
Porque si algo enseñó el Mundial de 2010 es que, a veces, los campeones también necesitan un golpe de realidad antes de encontrar el camino hacia la gloria.
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