La última Copa del Rey conquistada por la Real Sociedad el pasado sábado no es solo un título más: es la confirmación de un modelo. Y, al mismo tiempo, es un espejo incómodo para el Real Sporting de Gijón.
Porque obliga a mirar atrás, a 2008. Aquel año en el que el Sporting regresaba a Primera División mientras la Real seguía en Segunda, herida tras un descenso traumático después de más de 40 años en la élite. Dos clubes históricos, dos contextos muy distintos… y una oportunidad que solo uno supo aprovechar.
Lo que ha pasado desde entonces no es casualidad. Es consecuencia.
Tener proyecto vs vivir al día
La gran diferencia entre ambos clubes no está en el presupuesto, ni siquiera en el talento disponible. Está en la planificación.
La Real Sociedad, pese a atravesar una de las etapas más delicadas de su historia, con deuda, presión social y urgencias deportivas, tomó una decisión clave: parar, analizar y definir qué tipo de club quería ser. No fue inmediato ni sencillo. Hubo errores, años grises y decisiones impopulares. Pero siempre dentro de una misma dirección.
Ese matiz lo cambia todo: puedes equivocarte, pero no te pierdes.
En el Sporting, sin embargo, los distintos propietarios que han pasado por el club no han sido capaces de plantear un proyecto real a medio-largo plazo. Cada temporada ha parecido responder a una lógica cortoplacista, donde el objetivo no era construir, sino sobrevivir.
La sensación recurrente en Gijón ha sido clara durante años: no hay un plan, hay un intento.
Y ese intento se repite cada verano con un guion parecido: nuevos fichajes, nuevo entrenador, nuevas expectativas… y el mismo resultado de fondo: incertidumbre.
Cuando el modelo es “a ver si este año hay suerte”, lo normal es que la suerte no llegue.
Propiedad sin dirección: el origen del problema
Un club de fútbol es, ante todo, una estructura. Y esa estructura depende directamente de quienes lo dirigen.
En el caso del Sporting, la falta de un proyecto claro desde la propiedad ha tenido un efecto dominó en todas las áreas:
- Direcciones deportivas que cambian o pierden peso o no existen.
- Entrenadores elegidos más por contexto que por encaje.
- Plantillas construidas sin coherencia entre sí.
- Decisiones reactivas en lugar de estratégicas.
No se trata solo de errores puntuales (que todos los clubes cometen), sino de la ausencia de una línea reconocible en el tiempo.
La Real Sociedad, por el contrario, entendió que el proyecto debía estar por encima de las personas. Los nombres cambian, pero la idea permanece. Y eso permite que cada pieza que llega encaje en algo que ya existe.
En el Sporting, demasiadas veces ha ocurrido lo contrario: cada pieza intentaba construir algo nuevo sobre un terreno que nunca terminaba de asentarse.
El estilo como identidad (o su ausencia)
Uno de los mayores logros de la Real Sociedad ha sido consolidar una identidad futbolística clara. Un estilo reconocible que trasciende entrenadores.
Esto tiene varias ventajas fundamentales:
- Facilita la captación de jugadores que encajan.
- Reduce el impacto de los cambios en el banquillo.
- Permite evolucionar sin romper con lo anterior.
- Genera una cultura futbolística compartida.
En cambio, el Sporting ha vivido en una continua redefinición. Cada entrenador ha traído su idea, muchas veces opuesta a la anterior, obligando a rehacer plantillas y discursos constantemente.
El resultado es un equipo que rara vez transmite continuidad. Que juega más condicionado por la urgencia del momento que por una identidad consolidada.
Y en el fútbol moderno, no tener identidad es quedarse atrás.
La cantera: estructura frente a discurso
Tanto la Real Sociedad como el Sporting presumen, con razón, de tradición de cantera. Pero hay una diferencia fundamental en cómo se gestiona.
En San Sebastián, Zubieta no es solo una fábrica de talento: es el eje del proyecto. Existe un sistema definido donde:
- Se forma con un estilo concreto.
- Se evalúa con criterios claros.
- Se promociona sin miedo.
- Se vende cuando corresponde.
- Se reinvierte con lógica.
Esto genera un círculo virtuoso: talento → rendimiento → ventas → reinversión → más talento.

En Gijón, Mareo sigue produciendo jugadores (aunque cada vez menos o no del nivel minimo necesario para dar el salto al primero equipo), pero sin un marco estratégico igual de sólido. Ha habido generaciones brillantes, sí, pero sin continuidad en su integración ni una política clara que convierta la cantera en la base estructural del primer equipo.
A veces se apuesta por ella; otras, se recurre al mercado sin coherencia. Y así es muy difícil consolidar un modelo.
Cuando el modelo funciona: competir, crecer y atraer
El éxito actual de la Real Sociedad no es una sorpresa, sino una consecuencia directa de todo lo anterior.
Hoy el club:
- Compite regularmente en Europa, participando en la UEFA Champions League y la UEFA Europa League .
- Desarrolla jugadores internacionales.
- Atrae talento consolidado.
- Y, sobre todo, tiene la posibilidad de ganar títulos.
Pero lo más importante no es el qué, sino el cómo. Todo responde a una lógica.
El Sporting, en cambio, ha vivido en un estado permanente de transición: intentando subir, intentando mantenerse, intentando reconstruirse… pero sin completar nunca el proceso.
El error estructural: confiar en la suerte
Este es, probablemente, el punto más determinante.
Durante años, el Sporting ha parecido confiar más en acertar que en construir. Más en el golpe de fortuna que en la planificación sostenida.
Pero el fútbol actual no funciona así. Los proyectos sólidos no dependen de un buen año, sino de muchos años haciendo bien las cosas. La Real Sociedad no ha llegado aquí por inspiración puntual, sino por acumulación de decisiones coherentes.
El Sporting, por el contrario, ha repetido un patrón peligroso: cuando algo falla, se cambia todo… en lugar de corregir sobre una base.
Y así, el club nunca termina de avanzar.
El universo paralelo que Gijón no llegó a vivir
La reflexión final es inevitable.
¿Qué habría pasado si el Sporting hubiese aprovechado aquel momento de 2008 para hacer lo que hizo la Real? ¿Si hubiese aceptado unos años de reconstrucción con un plan claro? ¿Si hubiese apostado de verdad por una identidad, una cantera estructurada y una dirección firme?
Quizá hoy estaríamos hablando de un Sporting europeo, competitivo, reconocible y estable.
Pero ese camino exigía algo que nunca llegó: proyecto.
Y sin proyecto, lo único que queda es esperar. Esperar a que, algún año, haya suerte.
El problema es que la suerte, en el fútbol, casi nunca construye nada duradero.
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