La mano que mece la cuna
Hay títulos que nacen solos. Cuando uno observa la deriva del Sporting de Borja Jiménez, la frialdad del equipo, el silencio administrativo en el despacho presidencial y la inquietante calma que antecede a partidos cruciales.
Es inevitable recordar aquel thriller de los 90 en el que una presencia aparentemente discreta iba desmoronando una casa desde dentro.
En esta versión rojiblanca de La mano que mece la cuna, nadie rompe cristales ni envenena inhaladores, pero la sensación es la misma: algo (o alguien) movió la cuna… y no precisamente para dormir al Sporting, sino para dejarlo en una pesadilla permanente.
I. El director sin cámara: Borja Jiménez
Borja Jiménez dirige al Sporting como quien rueda una película sin cámara, sin actores y sin luz. Su equipo es un conjunto de sombras que tropiezan unas con otras, un guion deshilachado que nadie parece haber leído. No hay tensión, no hay intención, no hay rastro de una idea que guíe la trama.
Cada partido es una escena mal ensayada: defensas que se miran sin reconocerse, centrocampistas que pasan de puntillas como figurantes y delanteros que parecen buscar la salida de emergencia más que la portería rival.
Borja se ha convertido en un director que confunde silencio con calma, inmovilidad con orden y pasividad con paciencia. Pero en esta historia, lo único que crece es el desconcierto.
II. El diseño de plantilla: un guion escrito en servilletas
En Hollywood, un mal guion condena incluso a los mejores actores. Pues en Gijón pasa lo mismo.
El Sporting no solo compite mal: está mal construido, mal equilibrado y mal planificado.
– Carencias evidentes en posiciones clave.
– Ausencia de líderes.
– Jugadores que parecen elegidos por casting remoto.
– Cedidos que aparecen y desaparecen como extras.
La plantilla parece creada por un guionista que mezcló géneros: un poco de drama, algo de suspense, comedia involuntaria y terror cuando llega el minuto 85.
Entre lesiones, apuestas fallidas y perfiles incompatibles, el Sporting es hoy un puzle con piezas de distintos juegos… y nadie sabe dónde está la caja original.
III. David Guerra: el productor que abandona el rodaje
Sobre el palco, David Guerra ejerce de productor distante, frío, insondable, de esos que vuelven al set solo para recordar que el presupuesto es limitado y que el proyecto “va bien”. Mientras tanto, el rodaje se hunde en una espiral de improvisación y desconcierto.
Su dejadez pesa.
Su silencio congela.
Su inmovilidad asfixia.
El club avanza como un barco sin capitán, varado en un mar de eufemismos y promesas aplazadas. Y en ese vacío de liderazgo, el Sporting se disuelve como una fotografía expuesta al sol.
Guerra no mece la cuna. Ni siquiera está en la habitación.
IV. Un vestuario de hielo

Hay algo más desconcertante: la frialdad emocional del equipo.
Futbolistas que caminan, no corren.
Que dudan, no se adelantan.
Que saludan a la grada como si estuvieran firmando recibos.
El Sporting de hoy transmite menos temperatura que la mítica nevera en El Resplandor. No hay tensión competitiva, no hay fuego, no hay orgullo. Es como si cada jugador actuara en una película distinta.
La grada ruge, exige, avisa.
El equipo responde con miradas perdidas, gestos mecánicos y una pasividad impropia de un club que quiere ascender.
El motor está gripado. El corazón, congelado.
V. El peligro inminente: lo que viene no espera

Y lo peor está por venir. Literalmente.
Los próximos partidos no perdonan: rivales directos, salidas incómodas, encuentros donde cada error será un agujero en la cuna.
El Sporting llega a un tramo decisivo con la tensión de un thriller psicológico, pero sin la valentía de sus protagonistas. Mientras otros equipos aprietan, mejoran y muerden, el Sporting mira, duda y retrocede.
Los puntos pesan. La clasificación aprieta.
La película se acerca a su clímax… y no parece que el Sporting tenga preparada la escena final.
VI. Epílogo: la cuna vacía
En la película, el mal se infiltraba con una sonrisa. En Gijón, el mal no necesita disfraz: basta con mirar el campo y ver la cuna balancearse sola, sin nadie que la sostenga, sin nadie que la proteja y sin nadie que quiera responsabilizarse de lo que ocurra cuando finalmente caiga.
La pregunta ya no es quién mece la cuna.
La pregunta es si quedará algo dentro cuando por fin deje de moverse.
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