No hay ofrenda que pague un tercer milagro del Sporting

“Solo una debacle ajena puede salvar a un equipo incrédulo que sufre ahora las consecuencias de sus propios actos”.

La dependencia rojiblanca de resultados ajenos ha sido marca de la casa desde la reconquista acometida por Los Guajes, allá por los inicios del abelardismo. Tanto en el imprevisto ascenso directo como en la permanencia del año pasado, marcadores en otros estadios sellaron su buen destino. El Lugo y el Betis pasaron entonces a ser considerados como aliados de guerra en el imaginario colectivo gijonés. La palabra “milagro” y las invocaciones a La Santina tomaban el centro del discurso social, mientras Abelardo, investido pregonero en las fiestas de su ciudad, encontraba su espacio en la mitología local.

Si no nos frotamos bien los ojos, todo el misticismo de las dos últimas temporadas puede empañar, quizás, el esfuerzo diario y la continuidad en primera línea de batalla del Sporting desde 2014. Fueron el cuerpo técnico y los jugadores, hasta las orejas de barro y verdín, los que alinearon los astros en las beneficiosas carambolas finales, primero para subir perdiendo solo dos partidos y después para quedarse en Primera con 10 victorias en su haber, 5 triunfos más de los que tiene el equipo este curso.

Pedirle hoy a los hombres de rayas que ganen 5 de los próximos y últimos 7 partidos parece misión imposible. Demasiados pecados: un ritmo de victoria por cada siete y duras penitencias en casa ante tres equipos a priori abatibles: Alavés, Deportivo y Málaga. Cinco puntos por encima, el Leganés marca la salvación con gran fe en sí mismo, beneficiado por el escaso nivel del resto.

Los que todavía creen en el milagro, almas necesarias para hacer del planeta esportinguista un lugar más habitable, apelan hoy a ese triste trabajo realizado por los rivales en la liga con la permanencia más barata que se recuerda. El tiempo dirá si el Betis, a 9 puntos y último rival liguero, pasa de ángel a demonio.

Los malos deseos emitidos desde Gijón vuelven rojas las orejas de al menos seis equipos este año, desde el puesto 14 (Málaga) al colista Osasuna, que es mirado con recelo. Sin embargo, el mal del ojo es invocado sin el pago de ningún sacrificio al dios del fútbol. El camino andado por el equipo y su calidad son avales que pagan nada, y es por ello que ninguna mala fortuna ajena debería esperarse.

No debieron sentar bien a la cofradía de la Santa Salvación, pero también a los no practicantes como un servidor, las declaraciones de Rubi en San Sebastián y su mensaje de que poco se podía hacer ante el poderío de la Real Sociedad. Aunque la Real es un conjunto notable que ocupa hoy un puesto de Europa League, no deja de ser descorazonador la exposición pública del escepticismo dentro de la organización rojiblanca.

Independientemente de cualquier escenario final, lo importante tras el 21 de mayo será acertar con el sacrificio, posiblemente humano, que pueda costear un porvenir futbolístico menos épico y más cercano a la aburrida pero analgésica tranquilidad del buen hacer diario, que es la que garantiza la construcción de una nueva catedral deportiva, sólida e indolente ante tormentas externas y falsos profetas.

Si el Piles se tiñe de rojo, emerge una playa en Oviedo y se logra vencer finalmente al negro destino, se completaría la trilogía más mística en 112 años de historia. No cabe duda de que los templos y sacerdotes gijoneses, de celebración estos días, verían incrementada su demanda de servicios. Hasta yo volvería al rebaño.

Por Agustín Palacio

@aguspalacio

 

 

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